Suecia lleva casi dos décadas combatiendo una misteriosa enfermedad: se llama síndrome de resignación o de Blancanieves. Aunque el primer caso data de 1998, la denuncia pública es más reciente y saltó fuera del país nórdico por primera vez en abril de 2017, cuando se publicó un reportaje en The New Yorker.

Sindrome resignacion suecia
Foto: New Yorker

Los últimos datos registrados Junta Nacional de Salud de Suecia constatan 169 casos entre 2015 y 2016, años en los que más refugiados llegaron al país. ¿Qué tiene de importante ese dato? El síndrome de resignación es una afección que ocurre en niños y adolescente hijos de refugiados procedentes de países soviéticos o de la antigua Yugoslavia y de grupos minoritarios perseguidos que han tenido que escapar de su país.

Este síndrome sucede sólo y exclusivamente en refugiados y en Suecia. Sólo en Suecia. Sólo en refugiados. No produce lesiones físicas ni neurológicas, pero causa un inexplicable coma: de repente quedan apáticos, inmóviles, mudos, casi en un coma profundo.

La primera referencia científica llegó en 2005 de la mano de Göran Bodegård, director de la unidad psiquiátrica para niños del Hospital Universitario Karolinska de Estocolmo, en la revista Acta Pædiatrica. Tal y como explica Bodegård, los pacientes quedan: «totalmente pasivos, inmóviles, carentes de tono, retraídos, mudos, incapaces de comer y beber, incontinentes y sin reaccionar ante los estímulos físicos o el dolor».

¿Por qué ocurre sólo en Suecia?

Casi 20 años después del primer caso la respuesta a por qué ocurre sólo en Suecia sigue siendo una incógnita. Todos los estudios hasta el momento han intentado explicar la causa y la concentración geográfica sin éxito alguno. Un primer intento pasó por la teoría del estrés pero resulta insuficiente ya que no justifica que se dé sólo en Suecia y en una población tan concreta.

Una teoría más reciente es la que ha desarrollado el neurólogo sueco Karl Sallin, pediatra en el Hospital Infantil Astrid Lindgren de Estocolmo y líder de la investigación actual. Sallin apunta a una psicogénesis cultural: los niños internalizan los patrones de conducta que se están dando en ese país. Además “hay ciertos factores socioculturales que son necesarios para que se desarrolle este trastorno», afirmó meses atrás a la BBC.

Aunque sigue siendo un misterio, si se confirmara esta hipótesis existe el miedo a un posible efecto dominó. Ante esto surge también un dilema moral: si no se les diera un tratamiento a los niños afectados, morirían; pero el hecho de atenderlos parece da pie a nuevos casos.

La psicóloga Emma Feytons, investigadora de traumas de guerra, explica que para algunos sanitarios este mal puede ser una “respuesta a un doble trauma”: por una lado el pasado de «violencia, persecución y pobreza» que persigue a los niños refugiados y por otro la comunicación oficial de que no se les concede la residencia o el permiso de estancia en Suecia. Algo que supone un auténtico mazazo «cuando ya están en proceso de integrarse en su nueva realidad y cuando, sobre todo, han alcanzado una garantía de seguridad que les es vital».

La población joven única víctima

Otra de las cuestiones planteadas es por qué sólo afecta a niños que en su mayoría oscilan entre los siete y los 19 años. La respuesta más extendida es que los adultos no se permiten la pérdida de control porque tienen personas a su cargo que dependen totalmente de ellos.

Hay «una especie de interruptor en sus cabezas que lo impide: un adulto no se puede permitir entrar en coma si tiene personas a su cargo por las que pelear, sean hijos, padres, sobrinos…Muchas familias han viajado sufriendo lo indecible hasta llegar a Suecia y tienen que cuidarse unos a otros», explica Feytons.

En el caso de los más jóvenes, al ser sometidos a un gran estrés, somatizan el sufrimiento en coma. Algo que Elisabeth Hultcrantz, una otorrinolaringóloga que trata de forma voluntaria en Médicos del Mundo a menores que padecen de esta enfermedad, ha definido como “una forma de autoprotección”.

Para Feytons los niños “han visto y ven, hay cosas que entienden y cosas que no, por ellos pasa todo y llegan un momento en el que colapsan. Los adultos pueden sufrir depresiones, autolesionarse y hasta intentar el suicidio, de eso hay mucho en los campos de refugiados, pero en ellos no se ve este bloqueo”.

Junto a la edad ya se marcan otros rasgos comunes en la mayor parte de los casos: la salud de los pacientes se ve mermada de manera progresiva (dejan de caminar, de hablar, no abren los ojos, no pueden comer más que por sonda, necesitan pañales…); no son inducidos por sus padres ni son casos fingidos como medida de presión para lograr el asilo (esta teoría ha sido sostenida por una parte de la población más escéptica pero ha sido descartada por falta de casos que la prueben) y los letargos llegan a durar hasta dos años habiéndose dado incluso recaídas. Salvo alguna excepción los afectados llevan muchos meses o incluso años en Suecia, van al colegio y manejan el idioma.

¿Hay soluciones?

No existe una solución real y concreta para detener el problema. En 2013, la junta sueca de salud y bienestar, del Gobierno de Estocolmo, editó una guía de 63 páginas que concluía que lograr el permiso de residencia era el tratamiento más efectivo.

«El mundo les ha dado la espalda y ellos le dan la espalda al mundo y se meten en su caparazón, porque sienten que ya sus padres o abuelos no los pueden proteger. Un permiso de estancia es la esperanza y, si se les logra transmitir, parece que funciona», indica la psicóloga Emma Feytons.

Sin embargo, el doctor Sallin apunta a que el problema tiene más relación con el trauma que con la condición de refugiado y que por lo tanto, la recuperación puede ser aún más compleja. «Se conocen muchos casos de individuos que han mejorado sin que a la familia se le haya tenido concedido un permiso de residencia, y también hay niños que han caído enfermos incluso teniéndolo. Pueden pasar cinco meses desde que reciben una respuesta positiva de asilo hasta que se perciben ciertos signos de mejora.»

También existe la teoría de que el asilo no supone una garantía absoluta de curación por lo que algunos especialistas se están centrando más en tratar el trauma pasado para intentar que los chavales se recuperen.

Se trabaja en centros en entornos rurales, donde se separan a los niños de sus padres y no se les habla del proceso administrativo de asilo. Estimulan a los niños para que revivan sus sentidos y recuperen su vínculo con la vida. El proceso incluye ejercicios para mantener el tono muscular, mucha conversación, estímulos como juguetes, muñecos y música o paseos al aire libre.

Sea como fuere, el síndrome de resignación es sólo una consecuencia más de uno de los mayores problemas del primer mundo: la crisis de los refugiados.

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