familia siquiaEl día 14 de febrero inaguraba las nuevas instalaciones de mi centro de Psicología, un sueño largamente acariciado. Si, el fin de semana anterior, nos hubieran dicho que una catástrofe se estaba cirniendo sobre nuestras cabezas, posiblemente nos hubiéramos reído, confiados y alegres, y todos habrían esperado mi célebre broma “a no ser que caiga un meteorito aquí enfrente en cinco minutos, lo cual nunca sabremos”.

Pero no, no ha sido un meteorito; es una pandemia que ha matado a miles de personas, muchas de ellas familiares, amigos, gente a la que conocíamos y de la que nadie se ha podido despedir;  que nos ha llevado a algo que, en un país del sur de Europa como el nuestro, es nuestra antítesis como la distancia social, sin contacto físico, ni abrazos, ni besos…

Y, todo ello, tendrá consecuencias socioeconómicas graves y que no voy a relatar puesto que todos las conocemos.

Pero, igual este es el momento de replantearnos cuestiones, de sacar conclusiones, de reflexionar. Estas son algunas de las mías.

Lo que estoy aprendiendo de la pandemia del coronavirus

La importancia del “te quiero”

Antes, quiero decir antes del lejano 14 de Marzo, en la consulta nos encontrábamos innumerables casos de pacientes – terapia de padres e hijos, terapia de pareja – en que aseguraban que no hacía falta decir “te quiero” puesto que “el otro” o “la otra”  ya lo sabía.

Ahora, usando las herramientas de la tecnología como la videoconferencia para vernos con familiares y amigos, no paramos de decir “te quiero”, necesitamos que “el otro” o “la otra” sepa que estamos allí pero que también recuerde que nosotros lo estamos, que los sentimientos no los va derribar ningún confinamiento, ninguna distancia social.

Decir más “te quiero” aumenta la autoestima puesto que quien es capaz de expresarlo muestra una elevada inteligencia emocional puesto que son conscientes de que es importante demostrar el amor con acciones pero que, también, son importantes las palabras.

Precisamente, cuando se dice “te quiero”, se reduce la distancia social y se mejora la comunicación entre las personas, proporcionando paz, calma y felicidad.

Os pediría a todos que, cuando salgamos de esta, recordéis la importancia del “te quiero”, que no nos fusionemos en nuestra rutina y olvidemos la importancia de lo verdaderamente importante que son las personas.

Que sigan los actos de bondad

Hay cientos de actos de bondad en todo el mundo a favor del personal sanitario y de personas que lo están pasando mal. Cuando salgamos de esta, deberíamos recordar que la bondad no está sólo para los momentos malos sino que también se puede dar en los momentos buenos.

Ayudar no solo debe ser algo que admiramos desde la distancia. Cuando tenemos la posibilidad de ayudar, recuerda, primero debes ponerte la mascarilla pero hazlo por los otros pero también por ti.

Solidarios todo el año

Vivimos momentos emocionantes en que renace el mismo espíritu solidario que, hasta ahora, sólo aparecía en los típicos Maratones de Navidad pero, sin embargo, era mucho más difícil llevar hacia adelante durante el resto del año.

Esa solidaridad se da entre compañeros de trabajos, profesionales que ejercen su actividad aún sabiendo que ponen en juego su propia salud o vecinos. Es por ello que no caben ciertos momentos de insolidaridad, llevados por el miedo, que es un virus peor que el propio coronavirus.

Frases que acostumbrábamos a usar como “esto no es de mi competencia”, “esto no me incumbe”, “no es mi trabajo”, quizás las deberíamos ir apartando en el futuro ya que, debemos colaborar, dejando los egos aparte.

Porque la solidaridad se debe ejercer durante todo el año, no únicamente en Navidad. 

El valor del tiempo

Uno de nuestros problemas principales era la prisa. Teníamos prisa por ir al trabajo, a recoger a los niños, a llevarlos a extraescolares, a llegar puntual a la reunión, a ir al médico o al psicólogo, para comer e, incluso, para cenar. Y, al fin, prisa para llegar a ningún sitio porque cuando el mundo se nos para, es el momento de reflexionar y volver a aquello que nos humaniza y aceptar que la prisa no es buena consejera.

Así, podemos cambiar el estrés que genera la prisa por la paciencia, que tanto estamos cultivando estas semanas, contando las horas de un tiempo que vuelve a adquirir su valor más real, aquel que no puede ser retribuido con ninguna compensación económica.

Por tanto, podemos extraer como lección el frenar y reflexionar, bajarnos de la montaña rusa de la prisa y entrenar la mente en unos valores distintos.

La importancia de la familia

Al mismo tiempo, con esa prisa que decía, muchas veces los miembros de nuestra familia eran aquellas personas que nos encontrábamos en el pasillo para organizar la jornada, previamente planificada, en un plannig.

Sin embargo, en esta época en que el cuidado de los hijos se delega a abuelos, cuidadoras y otras personas de confianza, el coronavirus obliga a cerrar colegios y a que los padres vuelvan junto a sus hijos, obligando a las familias a serlo.

Algo que había sido casi imposible que es el teletrabajo y la conciliación familiar, está suponiendo una oportunidad única.

Darle más valor a lo humilde

Hay muchos trabajadores indispensables durante esta crisis y las profesiones humildes se han revalorizado. No vuelvas a usar el tono despectivo para quien esta trabajando en estos lugares puesto que se merecen el aplauso generalizado y el respeto que cualquiera de nosotros pediría para sí. 

Nuevas formas de trabajar

Hasta hace relativamente poco el teletrabajo era visto como una forma de “escaquearse” del puesto de trabajo real y físico en la empresa, sobre todo, por el empresario, no se le daba importancia e, incluso, cuando algún atrevido/a osaba en plantearlo como una alternativa al trabajo tradicional para una mejor conciliación familiar, no era bien visto.

Además, la empresa se encargaba de dar “el móvil de empresa”, “el ordenador de empresa”, con el cual se podía trabajar muy bien, desde la empresa, o, en casos de puntas de trabajo, desde casa, con los  permisos necesarios y llevando encima, en el mejor de los casos, dos móviles, un ordenador, la compra y los niños.

Entonces, cuando todos estaban tan bien sentados en sus respectivas poltronas, llega esta pandemia y no nos pide, sino que nos obliga a cambiar. Y nos fuerza a teletrabajar, sólo que el confinamiento nos cogió en casa, con el móvil de la empresa, sí pero no con el ordenador de la misma.

En muchos casos, se ha tenido que hacer un ejercicio de intentar adaptar los dispositivos caseros a los de empresa. Pero ¿ahora dejaremos de confiar los unos en los otros, ahora que hemos llegado tan lejos y lo estamos haciendo así de bien?

La cuestión, por si alguien todavía no lo visualiza, el futuro pertenece al teletrabajo, ese gran experimento social, el único experimento en condiciones reales, y en tiempo de pandemia.