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El amor eterno no existe. Las relaciones no son para siempre y las separaciones están a la orden del día, según han apuntado distintos estudios estadounidenses. Los diversos estudios, realizados sobre la población norteamericana, han concluido que las personas cada vez creen menos en las relaciones de pareja estables, así como el matrimonio ya no está tan venerado como hace cincuenta años debido a la facilitación del divorcio.

El sociólogo Andrew Cherlin, profesor de la Johns Hopknis University y especialista en la sociología familiar, analiza la realidad de las relaciones en su última obra The Marriage-Go-Round. Según apunta este sociólogo, Estados Unidos es el país occidental donde se producen más emparejamientos, rupturas y reemparejamientos. La explicación de este panorama describe en general la existencia de parejas frágiles, relaciones que nacen y crecen sin una base sólida. En este sentido, el análisis de Cherlin expone que mientras el 90% de la población estadounidense contrae matrimonio alguna vez en su vida, el 50% de los matrimonios terminan en divorcio. Este fácil ir y venir genera un flujo de incertidumbre que, como explica Cherlin, acaba afectando directamente a los hijos, si los hay.

¿Qué efecto ejerce el divorcio en los hijos?

En general, los niños que viven el divorcio de sus padres a una edad temprana suelen afrontar la situación con dificultad, en mayor o menor grado. No obstante, este cuadro que nos parece típico no se reproduce del mismo modo sobre la sociedad infantil estadounidense. Según apunta Cherlin, la normalidad en esta constante fluctuación de las relaciones ha hecho que los hijos norteamericanos se acostumbren al divorcio y lo acepten con una mayor madurez que, por ejemplo, no manifestaría un niño sueco o finlandés.

Volverse a emparejar

Otro estudio dirigido por el doctor Larry Ganong, profesor y experto en conducta humana en la Universidad de Missouri-Columbia, ha llegado a la conclusión de que el 40% de los matrimonios que se celebran anualmente están compuestos por, como mínimo, un individuo que ya ha pasado por un divorcio y se casa por segunda vez. En relación a estas conclusiones, Cherlin comenta que, en estos casos, las mujeres divorciadas son quienes encuentran una nueva pareja con más rapidez. Al mismo tiempo, el experto apunta que las mujeres también son las más predispuestas a dar fácilmente el paso de irse a vivir con la nueva pareja aunque también presentan la misma facilidad para abandonar el hogar compartido.

Retomando los apuntes de Ganong, el experto también ha concluido en su estudio la edad media de duración de las relaciones. En este sentido, los resultados apuntan que el primer matrimonio suele durar una media de 20’8 años, mientras que el segundo se queda en la media de los 14’5 años. Ante estos datos Ganong no especifica una correlación evidente entre la longevidad del matrimonio y la edad de los cónyuges. Mientras que en algunos casos si se cumple estrictu sensu la teoría de Ganong (primer matrimonio de dos décadas, continuado de un segundo matrimonio de 15 años) la mayoría de matrimonios presentan una estructura irregular. Así pues, suele darse el caso de un segundo matrimonio de larga duración procedente de un primer intento fallido en menos de cinco años, o viceversa.