La búsqueda del “amor” en el ser humano es universal, anhelamos el contacto, la pertenencia y el acompañamiento. Estas necesidades están cubiertas (de múltiples formas) con la familia de origen -los padres- pero esta relación se acaba y da paso a la búsqueda de la “pareja-familia” propia.  Comienza un camino complejo para calmar  la soledad y recuperar la pertenencia.

Un camino por aprender a transitar, con una extraña carga: nuestra fe ciega en el “mapa”. Un mapa  amoroso que otros hicieron e incluso usaron. Un legado familiar en el que necesitamos creer, aunque el territorio se muestre distinto a lo que el mapa indica. La eterna pelea entre las ideas sobre el amor y la realidad.

Aprendemos a mediar con herramientas en la relación con las personas significativas (especialmente con los padres), y repetimos estos roles en las relaciones personales y específicamente en la pareja.

Aprendemos a ser obedientes,  a obtener admiración  y éxito, o ser victimas desvalidas,  a cuidar y salvar a otros, o ser fuertes y autónomos, a ser resolutivos o quedarnos en la duda… Variadas formas de ocupar un lugar que nos “ayude” a acceder al amor, a ser “amables” o dignos de amor.  Y “funciona”, al menos con nuestros padres, pues con ellos aprendimos a comportarnos así.

Al salir al mundo aunque “hacemos lo que hay que hacer”, con frecuencia no encontramos lo que buscamos. Confundimos el amor con la admiración, o con la dependencia o con el control… nos quedamos con el medio para acceder al amor, sin el amor. El vacío sigue pero no es fácil renunciar a lo que hemos aprendido; porque lo conocemos, lo hacemos bien y “funciona”, nos entretiene y nos calma, nos da seguridad. Aunque nos aleja de nosotros y de los demás, no sabemos como seguir. El mapa nos ha fallado pero reconocerlo asusta y confunde.

Al enamorarnos se produce una conexión mágica donde vibramos con el otro, nos sintonizamos con una energía mayor y la vida parece cambiar. A la vez nuestros anhelos ocupan más que la persona que tenemos delante, a la que aún estamos conociendo. Intuimos y disfrutamos la pertenencia y el vínculo. El vacío se neutraliza, creemos haber encontrado el lugar señalado en el mapa. Pero nos cueste aceptar  que el enamoramiento es temporal y que descubrir al [email protected] como alguien distinto a mis proyecciones no es un fracaso, simplemente es la realidad imponiéndose a la idea, no puede ser de otra manera. Esta fase es maravillosa y nos ayuda a recordarnos y reconocer el vínculo que anhelamos.

Al  avanzar en el conocimiento real del otro, en ocasiones esperamos sin apenas darnos cuenta, que este continúe nuestro vínculo con nuestros padres: “que me de lo que no me dieron”, o “que me de lo mismo que me daban”. En todo caso que me permita reproducir una dinámica relacional antigua, propia de otros: “Que me cuiden porque no me sentí cuidado”, o “que me dejen mandar porque nunca pude hacerlo”, o “que no haya conflicto porque yo ya tuve demasiado”,  o con frecuencia, “quiero encontrar un vinculo incondicional como el de mis padres”… todas son comprensibles y emocionalmente legitimas. Pero irreales.

Es la relación de otros la que se quiere imponer en la pareja. Las anotaciones del mapa nos hacen ir en una dirección, pero no encontramos lo que se supone que debería haber. El mapa vuelve a fallar. Podemos culpar al otro de no ser como tendría que ser, o culparnos nosotros, pero la verdad es que no hay culpables. De nuevo las ideas frente a lo real. No es fácil construir una relación “propia”, por la tendencia a poner en lo actual y propio, cosas pasadas y ajenas.

Si esto fuera poco, hay un “[email protected]” con su propia herencia que busca en nosotros repetir sus propios mapas. Con similar sensibilidad y vulnerabilidad a sufrir cuando estas expectativas se incumplan.

Cuando aceptamos al [email protected] tal como es y nos aceptamos a nosotros mismos, renunciamos al mapa al menos en parte. En la pareja suele aflorar un pacto tácito de cuidado y apoyo mutuo, una suerte de reparto de tareas vitales. “Yo me ocupo de esto que a ti te cuesta más y tu haces esto que te resulta más fácil”. Aunque no sea intencionado o consciente, desarrollamos los registros más fuertes en nosotros, con el apoyo del [email protected] que cubre nuestras carencias. En esta simbiosis crecemos y hacemos movimientos vitales que no podríamos hacer solos. Es una realidad enriquecedora y hermosa. Por fin encontramos la “media naranja”. Nos complementamos y vivimos un intercambio generoso y equilibrado.

Pero estamos vivos, evolucionamos y con el paso del tiempo estos pactos se actualizan. A veces uno ya no quiere seguir haciendo lo mismo, quiere desarrollar partes que hasta ahora no había podido o querido desarrollar, o necesita que su pareja desarrolle facetas que no ha desarrollado. Evidentemente esto supone actualizar la forma de estar juntos y el pacto de pareja. De nuevo es importante recordar que esto no es un fracaso. En ocasiones tenemos la capacidad de actualizar este proyecto y darle continuidad, aprovechando la pareja para seguir creciendo. Otras veces no se dan las condiciones para este crecimiento y supone el cierre de una relación, las medias naranjas ya no encajan. No puede ser de otra manera.

Esta actualización nos fuerza a crecer y desarrollarnos de forma más completa, nos ayuda a ser menos “media naranja” y más “naranja entera”. Las crisis de pareja son parte de la pareja, como las crisis personales parte de la vida y del crecimiento. No son un error ni un fracaso.

Las sucesivas, inevitables y necesarias actualizaciones en la pareja nos permiten ser más nosotros y menos nuestro pasado, estar más en lo real y menos en la  idea de la relación con los padres (mapa). Abandonar progresivamente, con el apoyo y la confrontación de nuestra pareja, los roles iniciales que aprendimos del vínculo paterno filial. Lo que llamamos crisis de pareja, nos hace crecer, nos libera y nos hace adultos. Son un regalo, natural y generoso del encuentro con el otro.

Nadie dijo que estar en pareja era fácil, y si lo dijo no era cierto.

Estar en pareja es posiblemente la mayor aventura de crecimiento en la que nos podemos embarcar, es un encuentro real con el otro y con nosotros mismos, nos apoya y nos confronta. Nos saca del ensimismamiento y monologo interno. Nos despierta a la vida y al mundo.

Todos y todas anhelamos el amor, y lo buscamos como buenamente podemos. No nos avergoncemos de nuestra torpeza, es inevitable y universal. Pero no es lo esencial. La pareja no es un espacio para evaluar ni juzgar, es un espacio de crecimiento, donde el cambio y la evolución son parte natural, sana y deseable, nos damos cuenta, vemos y aprendemos a medida que avanzamos.

La pareja no es una tarea, no hay objetivos ni modelos a cumplir.

Es un camino único y por construir.

Por desgracia o por suerte, no hay mapa.