bulimiaCandela, una joven de 26 años, acude a consulta por el malestar que le provoca su situación. Vomita entre una y dos veces de forma diaria. Lleva casi 10 años conviviendo con su enfermedad.

En la adolescencia sufría sobrepeso, siempre se ha sentido poco aceptada entre sus iguales. Avergonzada de su aspecto físico, se decide con 16 años a vomitar tras las comidas como método de pérdida de peso.

Al principio, pierde peso rápidamente, su entorno le felicita, siente pleno control sobre sus actos. Sin embargo, con el paso de los años, pierde totalmente el control, intenta estabilizarse en un peso que piensa ideal, pero es incapaz, oscila constantemente y ello se acompaña de culpa y vergüenza.

En la actualidad no vomita para perder peso, pero sí lo hace cuando piensa acerca de su incapacidad para dejar de hacerlo, es como si la compulsión de comer y vomitar se apoderara de ella. Suele sentirse triste, abatida y sin salida.

En otras ocasiones utiliza la ingesta y el vómito como forma de entretenimiento, porque dice no saber qué hacer con algunos ratos libres.

En otras ocasiones recurre al acto, tras haber sentido un fracaso de tipo profesional o tras discutir con su madre o pareja, como una forma de autocastigo.

En el caso de Candela, podemos ver claramente cómo ha evolucionado el síntoma, entendiendo éste como la ingesta y el posterior vómito, ya que en un principio cumplía una función de pérdida de peso y sensación de control, cuya consecuencia era una búsqueda de bienestar. Con el paso de los años, su síntoma adquiere diferentes matices, lo utiliza como una vía de escape a unas emociones que no es capaz de afrontar.

Candela ha sido capaz de pedir ayuda profesional, y tú, ¿qué harás?